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Interludio

Harold Vivas

Eddy entró por la puerta trasera. Él y su compañera Raquel se movieron con gran delicadeza, pues no querían ser percibidos por aquel malvado hombre.
—Te lo pido por favor —escuchó decir al pequeño Timothy en la sala de estar—. Si me dejas, le diré a Eddy que no te lastime y haremos como que nada de esto ocurrió.
El hombre gruñó en lo que, supuso Eddy, era su forma de reír.
—Por mí que me mate si es que puede —dijo, y a continuación se escuchó el sonido seco de un golpe.
Eddy no podía permitir tales actos de crueldad y, a pesar de que la idea era permanecer sigilosos, entró a la habitación con calma.
—No debiste haberte metido con el chico —dijo mientras observaba la situación.
Estaba Timothy atado a una silla; frente a él, aquel hombre repugnante. Se veía bastante grande y fuerte a pesar de que denotaba más de sesenta años. “Con probables prótesis robóticas” se dijo, aunque no estaba seguro. Sentados, cada uno en una silla, se encontraban otros dos hombres armados.
—No haga ninguna tontería, amigo —dijo el hombre con tranquilidad, sacó un cigarrillo de su gabardina y lo encendió, como si nada estuviera pasando—. No querrá usted que el niño muera en el tiroteo.
Eddy se quedó un momento en silencio, sopesando la situación.
—Si aquellos dos que están junto a la salida quedan fuera del juego me sería más fácil —dijo en voz alta esperando que Raquel le hubiese entendido—. ¿Qué le parece si nos enfrentamos sólo los dos?
El hombre le sonrió y se dispuso a responder cuando una pequeña esfera cayó en el centro de la sala. Eddy, sabiendo lo que era, se cubrió la cara con su brazo, cerro los ojos y se abalanzó hacia el pequeño Timothy, tirándolo al suelo. Abrió los ojos y vio a los dos hombres que hace un segundo estaban sentados. Ambos se habían levantado y sacado sus armas, pero, habiendo quedado ciegos temporalmente, no se arriesgaban a disparar.
Raquel fue certera y disparó dos dardos tranquilizantes de efecto inmediato. Los hombres cayeron al suelo. Eddy por su parte le disparó al hombre que tenía en frente.
El dardo emitió un pequeño sonido y rebotó. Se dio cuenta de dos cosas: que aquel hombre no había sido afectado por la esfera de luz y que el malnacido no era un cyborg sino una máquina. Éste le sonrió y luego, viendo que Raquel cambiaba de arma, le disparó a ella.
Eddy gritó alterado. Aunque el escudo corporal la protegió del mismo, la fuerza del impacto la tiró al suelo. El hombre volvió a apuntar, esta vez al pequeño Timothy. Eddy se interpuso entre ellos dos y recibió la bala, pero mientras la fuerza del impacto lo tiraba hacia atrás, activó el cañón de su brazo y disparó también. El hombre salió disparado y ambos cayeron al suelo.
Cuando Eddy y Raquel se levantaron vieron al hombre aún en el suelo, con la mitad izquierda de su torso destrozada por el impacto del cañón.
—Tengo que aceptar que esta vez estuvo más difícil —dijo con cara de satisfacción en el rostro.
Una vez llegados los bomberos y los policías, Eddy se aseguró de que el pequeño Timothy estuviera bien.
—Eddy —dijo Raquel acercándose a él—. Hoy pudimos haber muerto. No, no digas nada. Quiero decir que hay cosas que no se pueden quedar sin decir. Eddy…

Su visión se nubló, se puso borrosa y luego apareció un gran letrero que decía:
«Ha consumido los 1.500 imperiales consignados a su realidad virtual. En pausa hasta nueva transacción».
Desactivó el implante de realidad virtual y miró con asco y desagrado su habitación. El cubículo que había alquilado en Nueva Tokio tenía trozos de comida a medio comer en el suelo y algunas bebidas en el pequeño nochero.
La ropa que estaba en una esquina de su cama emitía mal olor.
“Bueno, otro pequeño interludio”.
Pensó en llamar a su madre para pedirle dinero, pero desde que ésta se había enterado que había renunciado a su empleo hacía más de un año, había cortado comunicaciones con él.
Se encogió de hombros, cogió lo que necesitaba y salió. “Pues a lo mismo de siempre”, se dijo.
Caminó por la ciudad esperando a que se hiciera de madrugada y las calles quedaran vacías.
“Raquel me iba a decir que nos vayamos a vivir juntos, seguro que es eso. Quiere que adoptemos al pequeño Timothy y vivamos juntos”. Se imaginaba qué otras cosas habrían de pasar en su vida, su verdadera vida, hasta que la visión de una pareja que caminaba por la acera opuesta lo sacó de sus ensoñaciones.
Se acerco a ellos fingiendo desinterés. La pareja pareció incomodarse, pero siguieron caminando por la misma acera. Cuando estuvieron lo bastante cerca, él, sin decir nada sacó un arma y les disparó.
La pareja cayó al suelo, y agonizando miraron a Eddy.
—Necesito su dinero —dijo como si esa fuera explicación suficiente para lo que acababa de hacer—. Estoy a la mitad de una conversación con Raquel.
Hurgó en sus bolsillos y se llevó el dinero de aquellas personas, “Sólo el dinero; no voy a robarles sus celulares, no soy un ladrón”. Y pasando por encima de ellos comenzó a correr, no porque temiera ser atrapado o acusado, sino porque tenía que salir de aquel pequeño interludio. Llegaría a su habitación, comería algo y volvería a su vida, a su vida real. A Eddy, el recluta más prometedor de la TEC. Eddy, de quien se había profetizado su llegada. Eddy, el hombre que estaba profundamente enamorado de Raquel y si todo salía bien, ella también lo estaría de él. ¬

Este cuento se publicó originalmente en Espejo Humeante Fanzine #8.5

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Publicado por Revista Espejo Humeante

Revista latinoamericana de ciencia ficción

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